“Y cada noche me convertía en Scheherezade… eso sí, no tenía que temer por perder mi cabeza, tan sólo acabar con un poco más de sueño antes de terminar el día”.
Vega ha cumplido ya tres años. Diré que tiene predisposición genética al cuento, a las letras, a la literatura. En casa, desde siempre, su padre y yo le hablamos y leemos mucho y eso se nota en la comprensión que tiene y en cómo se expresa desde muy pronto. Y es que la fase de lengua de trapo no le duró mucho. Siempre he pensado que ha sido por parte genética pero también por las visitas a la biblioteca, que tenga acceso a tantos libros allí y en casa, pero también por cómo la hemos ido enseñando sin querer.
Y no sólo en nuestro hogar. En casa de los abuelos Marijose y Miguel, sobre todo si se queda a echar la siesta, la abuela Marijose inventa sus propios cuentos (como hacía cuando yo era pequeña) y también recurre a esos cuentos clásicos que tiene tan bonitos, pero largos, tan largos que la dejan medio grogui perdiendo el hilo porque el sopor de la siesta no perdona.
Cuando hay visita a casa de la abuela Concha también caen unos cuentos. Siempre en plural. O ella o la tita Silvia le leen libros de esos rescatados del desván, todos con ilustraciones bonitas, algunos tipo “popup”, sesenteros, ochenteros, qué más da, todos los mira con gran curiosidad.
En la escuela infantil también dan la importancia que se merece a los cuentos. En el corro suelen contarlos a primera hora. Los viernes hacen teatro. Y los lunes hay una pequeña biblioteca en la escuela, según las profesoras para que los peques vayan cogiendo hábito. Pero es que Vega desde que tenía un año ya visitaba la municipal; primero para llevarnos muchos libros (y así los papás no nos cansamos de leer siempre lo mismo) y también algunos viernes para escuchar y ver sesiones de cuentacuentos.

Todo suma, supongo. Al igual que esos paseos matutinos que dábamos para ir a la escuela infantil, cuando empezó el “cole” hace un año. En lugar de ir en silencio yo aprovechaba para cantarle canciones o contarle historias, ya fueran de cuentos que ya conocía ella, los clásicos de siempre, o también las mezclas supermix de Ñac-Ñac, el monstruo comelibros, saga muy recomendable para peques. Yo aprovechaba y ampliaba su universo inventándome unos padres comelibros y su tía Ñac-Ñic. 15 minutos al día en el que yo hacía piernas y ella cerebro.
Esta madrugada, me sentí un poco Scheherezade, en medio de un despertar nocturno: medio dormida me pregunta mi hija: “¿Y cómo sigue la historia?”, porque hace unos días me tocó hacer como con otras historias y ampliar el cuento de Pepo, que ella llama Papo, un zorrillo que trabaja como bombero (entre otras cosas). Así que hemos ido enlazando historias como en las mil y una noches, pero sin riesgo de decapitación. Estrujo mi cerebro, que a esas horas está extenuado, intentando no repetir y seguir la historia de cómo Papo hace sus salidas y ayuda a extinguir incendios, bajar gatos de árboles, achicar agua y todo lo que cualquier bombero zorrillo pueda hacer. Hemos hecho hasta un flashback en el que Papo tiene que ir a la academia a estudiar y entrenarse para sacarse la plaza de bombero. Y el primer paso en la academia es dormir solo… Ya puestos hay que aprovechar para introducir mensajes subliminales o no tan subliminales.
En medio de la noche, y para que no se desvelara, la contestación a su pregunta: “¿Y cómo sigue la historia?”, fue “Papo seguía durmiendo, como Vega, porque no quería avanzar su historia y que Vega se perdiera nada…” con eso le fue suficiente. Pero sé que esta noche cuando toque irse a la cama, como todos los días, después de leer dos o tres cuentos con papá o con mamá, o con ambos, apagaremos la luz y seguiremos los pasos de Papo, con dos cuentos o los que Vega consiga sacarme.
Qué bonito es dedicarle tiempo a la chiquilla, qué maravilloso es crear para ella aunque sean historias efímeras y se pierdan en su oralidad. Nunca habrá cansancio suficiente como para no dedicarle ese ratito de cuentos. Ella es tan feliz y yo… creo que mucho más.
A por mil y una noches más, y las que me deje.
