A veces, cuando me desvelo aprovecho para ponerme al día con las redes sociales, otras veces escribo y hoy he decidido hacer las dos cosas a la vez. Porque llevo con este pensamiento mucho tiempo y me apetecía compartirlo con vosotras y vosotros por aquí.
Tengo grabado un momento muy concreto en mi memoria, mi hija Vega rondaría los dos meses y yo estaba en esa montaña rusa de hormonas, confusión y amor. Al vestirla vi que ese body de estampado de jirafita, tan bonito que nos gustaba tanto a su padre y a mí ya no le estaba bien.
Fue la primera vez que sentí ese vértigo, por cómo pasaba el tiempo, cómo cambiaba y crecía. Una sensación de melancolía muy extraña que me hizo llorar como una tonta con la prenda obsoleta entre las manos.
Poco a poco, según la peque crecía yo iba guardando esas prendas en una caja en el armario con la esperanza, ingenua de mí, de que llegaría el segundo bebé y podría aprovechar esas piezas y tal vez, vestir a una nueva «jirafita».
Cuando supe que no podría tener más hijos, ese ritual se transformó. Ya no era guardar para un futuro. Había que dejar ir esas prendas, como debía de dejar ir otras muchas cosas, empezando por la ilusión de tener otro hijo y dar un/a hermanito/a a Vega.
Entonces entendí, cómo pueden doler los objetos, por muchos motivos. Una sola mirada a unos patucos, a una cunita, a un mordedor, al sacaleches… cosas que por lo general no llaman por sí mismas la atención, pero en según que ojos, duelen cual puñales en el alma.




